El debate entre “suspensionistas” y “restriccionistas” y las enseñanzas de la psicología social

 

Hace días que discuto con un colega y amigo sobre la formación de dos bandos en torno a los actuales límites a la libertad de circulación garantizada por el art. 19 de la Constitución (CE). Están, de un lado, los que consideran que estamos ante una suspensión de derechos fundamentales, prohibida por el art. 55.1 CE en el estado de alarma, y sólo autorizada para el estado de excepción; y están, de otro lado, quienes consideran que estamos ante fuertes restricciones en el ejercicio de derechos plenamente vigentes y eficaces (esto es, no “suspendidos”).

El debate no es sólo académico, ni mucho menos. En él están participando, de forma decisiva, los partidos políticos y los medios de comunicación. Y, a través de ellos, el conjunto de la población. Con gracia comparaba otro colega y amigo el debate entre “suspensionistas” y “restriccionistas” con ese otro debate, también estructural en la sociedad española, entre quienes prefieren la tortilla de patatas con o sin cebolla.  En este contexto, me subraya mi primer colega que por muchos argumentos que se utilicen, nadie cambia de bando. Creo que es tendencialmente cierto, y me pregunto por qué. Creo que el Derecho no da aquí muchas respuestas. En cambio, la psicología social si nos da algunas explicaciones.

En el estudio de los cambios de actitudes se distingue, por la psicología social, entre situaciones de alta y baja elaboración cognitiva (me remito a Blanco, Horcajo y Sánchez, 2017: 241). En situaciones de alta elaboración cognitiva, los interlocutores despliegan un extenso proceso racional. Se convencen a través de valoraciones sobre la calidad lógica y la coherencia de los argumentos recibidos. En cambio, en contextos o situaciones de baja elaboración cognitiva, la convicción y las actitudes se forman más automáticamente, mediante sesgos o atajos heurísticos: se dan por mejores aquellos argumentos (de los interlocutores) que validan los propios pensamientos y los  propios pre-juicios; se da mucho peso a la opinión de la mayoría; se valora la superior autoridad o posición de quien transmite una idea (por errónea que pueda ser).

Dando esto por cierto, la siguiente cuestión será determinar si entre los “supensionistas” y los “restriccionistas” se ha trabado un debate de alta o de baja elaboración cognitiva. Porque esto quizá nos pueda explicar por qué los bandos son casi inamovibles, pese a las horas de debate.

En mi opinión, los debates entre juristas –sobre todo de los juristas académicos- suelen ser de alta elaboración cognitiva. Porque pretenden ganar convicción o aceptación mediante la calidad y la coherencia de los argumentos. Y aunque hay también algunos atajos heurísticos, como el mayor valor de las opiniones mayoritarias (dentro del grupo de juristas) o el mayor valor de las opiniones formuladas por los mejores (del mismo grupo de juristas), esto se hace bajo la premisa de que esas opiniones deben ser atendidas porque la mayoría del grupo o su élite ha conseguido formular los enunciados más elaborados, lógicos y coherentes. En mi opinión, cuando el debate es jurídico y de alta elaboración cognitiva, es posible convencer al otro. Y, por tanto, que se diluyan los bandos de un debate por la cualidad racional de los argumentos. Pero esto no ocurre si, como es muy frecuente en democracia, el debate es sólo en apariencia jurídico. Me explico.

En un contexto colectivo e individual extremo, como el actual, el conjunto de la sociedad está presente, como actor o como grupo de control, en el debate entre “suspensionistas” y “restriccionistas”. Es en este contexto social extremo –y no en el debate entre juristas- donde se forman las intuiciones y argumentos sobre la vigencia y eficacia de los derechos fundamentales. Es en la opinión pública, en estado puro o articulada a través de partidos y redes de comunicación, donde se ha formado la conclusión de que si no se puede salir a la calle (más que a comprar, sacar el perro o ir a trabajar) es porque el derecho a la libre circulación está suspendido. O que si no puedo ir a misa, claramente está en suspenso mi libertad religiosa. O que si no puedo convocar una manifestación, está suspendido mi derecho de reunión.

Todas estas percepciones hay que tomarlas como ciertas. Esto es, están en la sociedad. Pero cuando se utilizan en el debate jurídico pueden actuar como sesgos o atajos heurísticos: si la mayoría de la gente siente que no es libre, es que la libertad está en suspenso; si la mayoría de la gente siente que no puede convocar una manifestación, es que el derecho de reunión está suspendido; si aquellos a quienes sigo (mis líderes políticos) repiten que está en suspenso la libertad religiosa, por más que nadie me impida rezar en casa, con mi familia o a través de ZOOM, entonces es que está en suspenso el art. 16 de la Constitución .

Pero en términos de psicología social, ya no estaríamos en proceso de alta, sino de baja elaboración cognitiva. Habríamos dejado los argumentos jurídicos cualitativos, para acomodar la razón jurídica a opiniones sociales intuitivas y extendidas, pero extrajurídicas. Argumentos jurídicos más sofisticados, como que un derecho fundamental suspendido ni siquiera pone límites de proporcionalidad a la ley y al Gobierno, o como que en una situación de “suspensión” de derechos no habría ningún control jurisdiccional posible a las prohibiciones (precisamente porque no estaría vigente el derecho, estaría suspendido), o incluso como que en el actual estado de alarma nada impide que cualquier particular acceda a un juez o tribunal pidiendo la tutela de sus derechos (porque no estarían suspendidos), aunque luego su pretensión sea desestimada, difícilmente pueden entrar en el debate jurídico, y deshacer la oposición entre “supensionistas” y “restriccionistas”.

2 comentarios sobre “El debate entre “suspensionistas” y “restriccionistas” y las enseñanzas de la psicología social

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