Sobre el libro de J. Esteve “El pensamiento antiparlamentario y la formación del Derecho público en Europa” (Marcial Pons, 2019).

Lo dice el propio autor: el libro describe una trama de ideas, personajes ilustres y transformaciones sociales y políticas en un tiempo acotado (la Europa de entreguerras). Y esa trama histórica se ordena con un hilo conductor: el pensamiento antiparlamentario. Ahí se conjugan: la decadencia de liberalismo y del pensamiento ilustrado, algunos movimientos políticos autoritarios, la emergencia académica de la sociología y la psicología, la irrupción de las masas en el escenario social y político; y muchos mitos del Derecho público contemporáneo. Entran y salen en la trama, como si de una obra teatral se tratara, desde Hauriou hasta Ruíz Jiménez, y desde Schmitt hasta Santi Romano.

La aportación original del libro no está en las doctrinas antiparlamentarias en sí. Lo original son las conexiones de sentido que se traban entre concretos contextos históricos y políticos, doctrinas políticas y jurídicas, y personajes muy conocidos del Derecho público. Con frecuencia, y bajo el empeño de cientificidad que ha perseguido al Derecho público a lo largo del siglo XX, se ha perdido la conexión entre conceptos jurídicos fundamentales y la realidad histórica de la que emergían. Categorías básicas del Derecho público como la reserva de ley, la garantía institucional, la relación espacial de sujeción o el servicio público se han aislado de su contexto original. Y han perdurado formalmente hasta hoy, aunque con significados en buena medida distintos de los originales. El libro de Esteve pretende y consigue, precisamente, localizar esas categorías jurídicas en el contexto jurídico-político de entreguerras, para analizar cómo tales conceptos fueron luego utilizados en los sistemas constitucionales contemporáneos de Francia, Italia, Alemania, España y Portugal.

El libro de Esteve describe una situación, en la Europa continental de entreguerras, en la que el parlamentarismo liberal no consigue integrar a la naciente sociedad de masas y a los partidos políticos que empiezan a vertebrarlas. Los parlamentos de discusión y debate se sustituyen por parlamentos de confrontación, donde los partidos intentan hacer valer los intereses que representan. Ahora bien, como con acierto explica el libro, sólo con esto no se entiende el antiparlamentarismo. Hay que mirar también a las élites intelectuales –más que económicas- que no encuentran su sitio en sociedades crecientemente democráticas, y en las que el parlamento (que ya no controlan) tiene escasos contrapesos. Aquí habla Esteve, sobre todo aunque no sólo, de los “mandarines” alemanes, profesores de Derecho público que lo fueron todo en el Reich y quedaron arrumbados en la República de Weimar. También aparecen en escena Hauriou, el radical Duguit, Orlando, Von Triepel, Schmitt, Santi Romano y Caetano.

Según Esteve, el complejo fenómeno antiparlamentario se articula, con diversas versiones y matices, a través de la idea central de institución, cuya paternidad se atribuye comúnmente a Hauriou. Más allá de la ley parlamentaria habría instituciones, esto es, formaciones normativas tradicionales bien asentadas, reconocidas como tales por la correspondiente comunidad o país. Las célebres “garantías institucionales” que teorizara Schmitt en 1928 para la Constitución de Weimar serían una expresión más de ese pensamiento jurídico institucionalista.

Cierro esta breve descripción del libro con lo que me parece una hipótesis original de Esteve: porque hubo crisis del parlamentarismo, en el período de entreguerras, las democracias parlamentarias pudieron perfeccionarse en la segunda mitad del siglo XX. Los tribunales constitucionales, la dimensión objetiva y el contenido esencial de los derechos fundamentales, la interdicción de la arbitrariedad del legislador, todas ellas serían categorías que se habrían expandido por las constituciones de posguerra para corregir los excesos del parlamentarismo de entreguerras.

Después de lo dicho, sólo añadiré tres dudas que me ha generado el libro de Esteve. En primer lugar, el período histórico analizado (entreguerras) se extiende en España hacia más atrás, sobre el parlamentarismo de la Restauración. Pero no he visto claro que el turnismo de partidos y el caciquismo guarden verdadera conexión de sentido con el antiparlamentarismo europeo de entreguerras. Yo diría que el tradicionalismo y corporativismo que cuestionan el sistema parlamentario de la II República sí son fenómenos histórico-políticos homologables al antiparlamentarismo europeo. Pero no así la crítica al parlamento de la Restauración.

En segundo lugar, Esteve hace hincapié en la conexión existente entre las categorías jurídicas surgidas en el antiparlamentarismo de entreguerras y las categorías constitucionales contemporáneas. Desde luego, las conexiones de sentido existen. Son claras. Pero creo que los límites a la ley parlamentaria, que son característicos de los sistemas constitucionales posteriores a la segunda guerra mundial, también conectan directamente con planteamientos antiparlamentarios genuinos de posguerra, directamente derivados de la amarga experiencia de colaboración de los parlamentos de entreguerras en la emergencia de los fenómenos autoritarios (es claro el caso de Alemania, donde fue una ley parlamentaria, la Ermächtigungsgesetz de 1933, quien aupó al Führer al poder absoluto). En otras palabras, opciones constitucionales actuales como la centralidad del sistema de derechos fundamentales frente al legislador conectan, sin duda, con el institucionalismo antiparlamentario de entreguerras, pero también con una opción axiológica novedosa -ya propia de la segunda posguerra europea- de garantizar como Derecho positivo (no como simples instituciones) ciertos derechos y mandatos esenciales para a la dignidad humana.

Mis últimas dudas son sobre el Derecho público francés. Aunque la cultura jurídica francesa está presente en la trama antiparlamentaria que describe Esteve, las conexiones de sentido están ahí menos claras. Parece, de un lado, que el moderado antiparlamentarismo de Hauriou y Duguit apenas si tiene alguna continuidad en Renard. Y luego, después de la segunda guerra mundial, parece irrelevante en el sistema constitucional. Desde luego, en la Vª República el sistema político de contrapesos parece articularse de un modo singular. Desde luego que limitando el papel de la ley parlamentaria, pero más bien mediante la configuración de un poder presidencial fuerte y de reservas reglamentarias que mediante limitaciones sustantivas (constitucionales) al poder parlamentario.

Aquí acabo. No es fácil escribir un libro como el de Esteve. Porque no basta con conocer a fondo las numerosas piezas del Derecho público contemporáneo que ahí se tratan. Hay que encontrar las conexiones de sentido entre todas esas piezas, los personajes de los que provienen y el tiempo en que se forman. Y eso no está al alcance de cualquiera.

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